Kintaro saltó sobre su enemigo y le cortó la cabeza de un certero tajo. El filo de la
katana brilló con el reflejo del sol de la mañana teñido de sangre. Pero aún había más enemigos tras el gran sauce. Siete
ninjas del
clan del Dragón Dorado saltaron sobre
Kintaro y su joven aprendiz
Hatori, que con un rápido movimiento esquivó los
shuriken de los silenciosos
ninjas.
Kintaro repartió estopa a diestro y siniestro y las cabezas empezaron a rodar por el suelo, uniéndose a las demás cabezas del resto de enemigos batidos por la pareja de invencibles
samurais.
En una sola mañana de invierno, bajo la sombra del gran sauce y con una ligera brisa que transportaba lejanas hojas de loto, dos
samurais, el maestro y el aprendiz, habían acabado con todo el clan del Dragón Dorado. Trece cabezas esparcidas por el suelo daban fe de ello. Pero aún quedaba un último enemigo a batir. Un poderoso enemigo jamás vencido por samurai alguno, el gran jefe del clan del Dragón Dorado,
Tajima el Invencible.
Tajima el Invencible avanza tranquilo oculto tras su máscara de dragón hacia los dos
samurais. El sol cegador tras de sí lo convierte en sombra, varios pajarillos vuelan alejándose del sauce en dirección a los cuerpos de los
ninjas muertos.
El viento agita la larga melena de
Tajima, armado con dos largas
katanas doradas. En un rápido movimiento, varios
shuriken lanzados a una velocidad pasmosa se clavan en los
cuerpecillos de los pájaros.
Tajima ya está a menos de veinte pasos de los dos
samurais.
- Maestro, ¿le atacamos?
- Deja que sea él mismo el que vaya al encuentro con la muerte.
Tajima desaparece en ése instante
ocultándose en una nube gris que con un sonoro estruendo parece haber salido de la nada. Un truco que inquieta al joven aprendiz pero que no sorprende al maestro
Kintaro, sabedor de los sucios trucos de los
ninjas. Se gira en redondo y levanta su
katana en el momento justo en que la de
Tajima cae sobre su cabeza. Las dos espadas emiten un sonido vibrante al chocar. Es éste sonido lo que distrae a
Hatori de la nube que aún sigue mirando, no comprende como el
ninja ha podido trasladarse tan rápido detrás de ellos. Pero
Kintaro no piensa en ésos términos en éste momento. Sólo actúa, esquivando las acometidas del terrible
Tajima, son dos formidables guerreros.
Hatori piensa... ¿algún
día seré tan rápido y fuerte como ellos?
El
ninja y el samurai parecen volar mientras se atacan con las
katanas, de un salto se posan sobre las ramas del gran sauce. Dos sombras que se mueven bajo el sol y contra el viento.
Hatori mira desde abajo, sin saber qué hacer. De repente
Tajima realiza un fulminante ataque sobre
Kintaro y una de sus
katanas va directo hacia su cuello, pero el samurai es más rápido y logra esquivar el ataque... ¡pero la otra
katana impacta a la altura de sus rodillas!
Kintaro cae del gran sauce con sus rodillas sangrantes.
Tajima planea alrededor emitiendo un extraño sonido. Algo brilla mientras
sobrevuela a
Kintaro.
Hatori decide actuar rápidamente, son
shurikens aquello que brilla y que se acerca tan rápidamente hacia la cabeza de
Kintaro, pero
Hatori lo impide al ponerse delante con su
katana, desviando los
shurikens hacia otro lado. La fortuna sonríe al joven aprendiz al desviar esos terribles artefactos, uno de ellos ha ido a parar directamente a la máscara de dragón de
Tajima, que cae al suelo en redondo.
No hay movimiento bajo el sauce. Los cuerpos de catorce
ninjas están tirados sobre la hierba. Trece de ellos no tienen cabeza, el otro la tiene tapada con la máscara de dragón. Una máscara de un dragón dorado que no volverá a luchar jamás.
Kintaro y su joven aprendiz
Hatori han acabado con el clan. Los pajarillos cantan de nuevo y el viento vuelve a soplar. Una fina lluvia empieza a caer.
Hatori camina despacio hacia el cuerpo de
Tajima, que sigue sin moverse, el
shuriken sigue clavado entre los ojos del dragón. La sangre empaña la hierba fresca.
Hatori clava su
katana en el suelo y observa el delgado cuerpo del
ninja, que no se mueve. Se acerca aún más para quitarle la máscara. Será el primer hombre que pueda ver el rostro de
Tajima el Invencible. Empuja la máscara a un lado y finalmente observa el rostro de su oponente. Lo que observa le deja descolocado, pues en lugar de un fiero rostro de guerrero lo que hay es el dulce rostro de una hermosa muchacha.
Hatori cierra los párpados de los ojos intensos y grandes de la mujer, que aún miraban sin ver. El joven samurai no puede ver morir tanta belleza y aparta su mirada. No debe olvidar que éste era su enemigo.
-
Hatori, ¿qué pasa?
- Nada maestro,
Tajima está muerto.
Kintaro no se puede levantar, sus rodillas no responden. Un samurai que no puede caminar prácticamente no es un samurai, y
Hatori lo sabe.
-
Hatori, no me puedo levantar. Si no me puedo poner de pie todo ha acabado para mí.
- Maestro, puede que en el templo le curen.
- No hay cura para ésto,
Hatori. Además, tengo ganas de orinar, y no se puede orinar sentado. Hay que estar de pie para poder orinar. Sólo las mujeres mean sentadas.
- Maestro, si quiere puede mear sentado. Yo no miraré.
-
Hatori, sabes lo que hay que hacer. No puedes permitir que me haga pis aquí sentado.
Hatori, con lágrimas en los ojos agarra su
katana y la pone sobre la cabeza de su maestro.
Kintaro coge la suya y la coloca sobre su pecho. El viento ha parado ya, pero la lluvia cae con más fuerza. El viejo sauce también llora. Pero jamás se dirá que un samurai ha meado sentado. El brillo de las
katanas se tiñe de sangre. Una cabeza más cae rodando bajo el gran sauce.
Hatori ya ha dejado de ser un aprendiz.