domingo 21 de junio de 2009

La bola que vino del espacio

Nada puede detener el avance de la gran mole de acero, acribillada a balazos por el bueno de Lou -algo hay que reconocerle al inútil- implacable sin rival destroza con su peso a Lou y al resto de vaqueros reunidos.

El cielo se tiñe de rojo y una manada de búfalos corre huyendo de la bola de metal que con tanta rapidez ha acabado con los pistoleros más cualificados de Dodge City. La esfera parece disminuir lentamente su tamaño, sin dejar de levitar varios centímetros por encima del verde pasto. Por allí deambula una vaca que, ajena a todo lo que ocurre, sigue rumiando y moviendo la cola para espantar a las moscas.

Muuu.

A mucha distancia de allí, Ojo-de-águila observa la jugada desde un montículo, agazapado tras unos arbustos. El indio tiene una vista prodigiosa -de ahí el nombre, que el lector perspicaz habrá podido asociar- y corre enseguida a avisar al gran jefe indio a lomos de su caballo Veloz-como-el-viento, sin dilación y sin demora, ambas cosas iguales y que no se puede permitir en éste preciso momento, momento en el cual la bola deja de levitar para posarse delicadamente en el suelo. Eso es algo que incomoda a la vaca, que definitivamente se aleja de la escena sin dejar de mover la cola.

Muuu.

Unos minutos más tarde llegan los sioux, los indios que habitan por estas tierras, cuyo líder indiscutible es Toro-en-cuclillas, el cual observa la bola visiblemente alucinado. Los indios rodean la bola, todavía sin acercase demasiado, pero poco a poco empiezan a perder el miedo. Toro-en-cuclillas decide romper el hielo y saluda cortésmente a la gran bola.

- Saludos bola-que-brilla-como-la-luna, mi nombre es Toro-en-cuclillas y mi pueblo te acogerá en su seno siempre que vengas en son de paz.

Unas finísimas líneas se dibujan en la bola, algo parecido a una compuerta se empieza a trazar en la hasta ahora inmaculada superficie lisa y brillante de la esfera metálica. Los indios retroceden con cierto temor, y varios de ellos se preparan el arco y las flechas, dispuestos a entrar en batalla de un momento a otro. No dejan de preguntarse porqué hay siete vaqueros muertos alrededor de la bola, abrasados y empuñando sus armas, pero ya se sabe que los blancos siempre andan buscando jaleo.

Finalmente la bola se abre gracias a la compuerta trazada en su superficie, sin emitir ruido alguno y de forma armoniosa, algo que agrada a los sioux. Entonces salen de allí dos figuras, altas y esbeltas. Parecen un hombre y una mujer, vestidos de forma inaudita y con sus ojos ocultos tras una suerte de anteojos oscuros, a través de los cuales paradójicamente parecen poder ver todo el panorama. Se quedan parados ahí, sin salir aún de la esfera, mirando como con cierto desdén. El indio Toro-en-cuclillas hace ademán de saludar, pero antes de que pueda decir nada, los extraños hablan en su extraña lengua.

- Te dije que te habías quedado corto en la fecha de la colonización. Mira en el suelo, los indios se han cargado a unos vaqueros blancos. No había blancos en América hasta después de Colón. Anda, vámonos.

- Pues yo pensaba que Colón era muy posterior y que antes no había ni indios ni nada por aquí, sólo dinosaurios. Venga, vamos a retroceder doscientos años más y luego para casa, que a las diez hacen el partido de la Superbowl.

Los dos seres entran de nuevo en la esfera metálica, que de nuevo vuelve a cerrarse para quedar totalmente lisa y brillante, sin marcas de ningún tipo. La bola empieza a levitar y poco a poco va ganando altura hasta perderse de vista, más allá de las nubes y del tiempo.

Los sioux todavía están con la boca abierta, sin poder reaccionar. Pero gracias a aquellos dioses venidos del espacio pudieron entrar en Dodge City y arrasar la ciudad. Aquella fue una pérdida importante para los rostros pálidos, la primera de una larga lista que a la postre resultaría en la desintegración de los estados de los blancos y la fundación de la gran nación de los pueblos nativos unidos.

La paradoja, amigo lector, está clara. Y es que hay que tener más cuidado con las máquinas del tiempo, pues desde su invención se han creado tantos universos paralelos como felices poseedores de ésas infernales máquinas. ¡Más cuidado, crononautas!

1 comentarios al respecto:

The Sleepy Carmate dijo...

Está muy graciosa, señor :D (pero léete un par de veces los relatos que escribes por lo menos, para corregir los errorcillos, pichita...)

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